Hay un contraste obsceno entre la narrativa del dramatismo y las galerías de fotos que los gobernantes y funcionarios públicos suben a diario a sus redes sociales. Por un lado, el discurso formal dirigido al ciudadano de a pie roza el pánico apocalíptico: se agitan las banderas de la recesión, se responsabiliza al gobierno nacional de Javier Milei, se lamenta la caída de las ventas y hasta se le echa la culpa a las inclemencias climáticas del fenómeno de El Niño. La consigna oficial hacia el comerciante, el pyme y el trabajador misionero es siempre amarga: hay que ajustarse el cinturón porque la mano viene difícil.
Sin embargo, basta con recorrer la agenda pública para constatar una realidad paralela. Los mismos dirigentes que concentran la responsabilidad de gestión y excusan sus deficiencias en la falta de recursos, reaparecen sonrientes en cada festival, carrera o evento festivo del interior profundo. Disfrazados con estética de «pendeviejos» descontracturados, buscan desesperadamente empatizar mediante selfies calculadas con un segmento joven que ni siquiera los registra en el radar.
Lo irritante no es solo la pose de festejo permanente, sino el uso del dinero público. Mientras al ciudadano común y al sector productivo se los asfixia con cargas impositivas desproporcionadas que encarecen directamente el costo de vida, el Estado provincial destina abultados subsidios a bancar deportes, hobbies y pasatiempos de sectores que cuentan con holgada capacidad económica para financiarse sus propios gustitos. El presupuesto que debería sostener la infraestructura y los servicios básicos se transforma así en la caja chica del entretenimiento.
A este escenario de fiesta permanente se le suma un oportunismo discursivo brutal: cualquier causa o hecho permeable a la sensibilidad popular es inmediatamente apropiado por la dirigencia para atacar al gobierno central. Se abrazan a la causa de Malvinas como si la bandera la hubieran llevados ellos mismos al campo de futbol, agitan el fantasma de «la patria no se vende» ante el mejor postor, se embanderan con la ley de financiamiento universitario o utilizan los cruces diplomáticos con Brasil para sobreactuar indignación. Todo sirve para canalizar el «hate» hacia la Casa Rosada y posicionarse como defensores morales de causas heroicas, mientras en la gestión cotidiana no resuelven un solo problema estructural de la provincia.
En el plano institucional, el espectáculo continúa en cumbres de gobernadores que operan más como mesas de rosca que como espacios de solución. Allí, la prioridad no parece ser la eficiencia, sino tejer alianzas para complicar los planes de reforma nacional y articular una extorsión legalmente legitimada por analistas, opositores y medios, con el fin de sacarle más fondos a la Nación para seguir sosteniendo el gasto político. La gran apuesta de la vieja política da la sensación de ser el bloqueo sistemático: no sea cosa que los números nacionales cierren y la sociedad confirme que se podía vivir distinto. En definitiva, la dirigencia celebra en la cubierta del Titanic mientras la orquesta la paga el contribuyente.
Parece un chiste, si no fuera una joda grande como una casa.