Mañana lunes, Misiones debería ser una fiesta de guardapolvos blancos. Sin embargo, una vez más, nos encontramos con un escenario partido al medio: mientras los chicos de las escuelas privadas preparan sus mochilas con la certeza de que el aula los espera, millas de familias que dependen de la escuela pública quedan rehenes de la incertidumbre por un paro docente.
¿Es justo el reclamo? Seguramente sí. Nadie discute que el salario debe ser digno. Pero lo que resulta difícil de digerir es el método y el momento.
Elegir el primer día de clases para parar no parece una medida contra «el patrón» o el sistema político; termina siendo un golpe directo al corazón de la organización familiar. Los padres y madres trabajadores, que no pueden faltar a sus empleos, se encuentran hoy domingo sin saber dónde dejar a sus hijos mañana. Se castiga a los niños en su derecho a aprender y a los padres en su necesidad de trabajar.
¿Por qué en la escuela pública se para y en la privada no, si en Misiones el Estado subvenciona casi la totalidad de los salarios de la gestión privada? Ambos sectores gozan de la misma paritaria. La diferencia no es el sueldo, sino la gestión y las pertenencias. En el sector privado, el docente sabe que, si no hay clases, la institución pierde; en el sector público, parece que a los dirigentes les da lo mismo el día, sin entender que cada jornada perdida es un favor que le hacen a quienes quieren desprestigiar el empleo público.
Paradójicamente, este tipo de medidas extremas termina alimentando el discurso de quienes sostienen que «lo público no funciona». Al vaciar las escuelas del Estado, los gremios, quizás sin quererlo, están empujando a más familias a hacer el sacrificio económico de pasar a sus hijos al sector privado para garantizarles continuidad, profundizando la desigualdad social.
La lucha docente es legítima, pero la metodología está agotada. No se entiende por qué el diálogo no puede darse con los chicos dentro de las aulas. Mañana, Aristóbulo del Valle y toda la provincia verán una educación de dos velocidades: la que arranca y la que se queda estancada.
Pero más allá de las paritarias, los gremios y los presupuestos, hay una herida que no se ve en las estadísticas: la ilusión de nuestra gurisada. Pensamos en ese chico que anoche no podía dormir, que tenía su mochila lista y el guardapolvo planchado sobre la silla, esperando su primer día de clases. Para un niño, el inicio del ciclo lectivo es un rito de pasaje, un reencuentro con sus pares y el comienzo de un sueño. Que ese entusiasmo se apague hoy por un portón cerrado es, sencillamente, doloroso. Al truncarles el primer día, no solo les quitamos horas de cátedra; les estamos enviando el mensaje de que su educación es prescindible y que sus ganas de aprender pueden esperar el tiempo que dicten las agendas sindicales.
Es hora de que la dirigencia gremial entienda que defender la educación pública es, ante todo, mantenerla abierta.
