Si uno se guiara estrictamente por el coro de titulares apocalípticos y el drama cotidiano de las redes, Misiones debería ser poco menos que un territorio desolado donde la población se debate entre la inanición y el endeudamiento extremo para comprar un paquete de polenta. Sin embargo, basta con asomarse a la agenda del fin de semana en la zona centro para que el libreto de la miseria generalizada se caiga a pedazos frente a un misterio casi místico: la asombrosa aparición de miles de personas dispuestas a desembolsar pequeñas fortunas para divertirse, competir y bailar. Ante semejante fenómeno, cabe preguntarse de qué extraña caja fuerte secreta sale el dinero que financia el supuesto colapso socioeconómico de la región.
El mapa de los acontecimientos recientes ofrece postales que rozan lo cómico si se las contrasta con la narrativa del desastre. En San Vicente, los propios organizadores del Jeep Fest informaron que durante los cinco días del evento desfilaron entre 50 y 70 mil almas. Toda esa multitud abonó gustosa entradas que no bajaban de los 15 mil pesos diarios, sin contar el pequeño detalle de los abultados consumos de comida, bebida y el combustible para mover semejantes vehículos. Unos kilómetros más allá, en Dos de Mayo, todavía resonaban los ecos del Trail «Cordillera de la Selva», que movilizó a 3 mil personas hace apenas unos días antes, cuando el último finde las gradas locales del Centro Comunitario volvieron a colmarse para otra cita deportiva, a pura “Furia Nocturna”, a 8 mil pesos por cabeza. Por si fuera poco, Leandro N. Alem aportó lo suyo con una trilla y enduro que reunió a más de 1.400 competidores inscriptos y un marco de público imponente. Un curioso perfil de «indigencia» aquel que no solo paga abultadas inscripciones deportivas en dólares o miles de pesos, sino que además sostiene el incesante circuito de bailantas y bailes populares que, fin de semana tras fin de semana, revientan las barras y las boleterías de la zona.
Pero la verdadera hazaña heroica, según la teoría de la pobreza franciscana universal, la estarían realizando los propios organizadores. Hay que ponérselo a pensar con detenimiento: ¿quién sería tan conmovedoramente ingenuo de montar un megaevento detrás de otro con el único fin de perder millones de pesos? La producción de estas fiestas no se paga con aplausos; exige desembolsos descomunales en infraestructura, sonido de última generación, operativos de seguridad privada, artistas costosos y coberturas mediáticas que distan de ser gratuitas. O bien los productores locales son benefactores anónimos dedicados a la filantropía del entretenimiento, o bien —maravillas de la lógica comercial— invierten porque saben perfectamente que hay una masa de consumidores con los bolsillos llenos de dinero fresco lista para pagar la fiesta.
Nadie pretende negar que existan familias golpeadas por la realidad, pero convertir la excepción en regla para construir una profecía del desastre colectivo es un ejercicio que choca de frente con la matemática de los estadios llenos. Si la economía estuviera tan agonizante como pregonan los apóstoles del caos, los predios lucirían vacíos y las carteleras culturales desiertas por pura falta de demanda. La masividad constante y el gasto festivo desinhibido en cada rincón de la provincia demuestran que el consumo sigue tan vivo como siempre, dejando al descubierto que el único colapso real es el del relato alarmista que pretende vendernos un país en ruinas mientras la gente hace cola para pagar su entrada.
✍️De Puño y Letra – Escribe CT.
