Mientras la política local se enreda en discusiones de «casta» y burocracia, los trabajadores rurales y changarines de Misiones encuentran en el “Real” la dignidad que el “Peso” y los planes sociales les arrebataron.
Entre la infamia de los «cuernos» y el hambre del trabajador
Las declaraciones del intendente de Comandante Andresito, minimizando el éxodo laboral hacia Brasil con expresiones de mal gusto, no solo son una falta de respeto al trabajador: son la cortina de humo perfecta para ocultar la falta de rumbo económico.
Esta «humorada» de comité no es solo un exabrupto; es un síntoma de una clase política desconectada de la realidad que utiliza el ridículo para no dar explicaciones sobre su fracaso.
El «chiste» que oculta la miseria
Detrás de la burla oficial se esconde una realidad que el municipio y la provincia se niegan a admitir:
Salarios de supervivencia vs. Salarios de dignidad: Mientras el poder adquisitivo en Misiones se pulveriza, en Brasil un trabajador rural puede ganar lo suficiente para sostener sus gastos y a su familia. No son «problemas de polleras»; es aritmética básica de supervivencia.
La caída del esquema de planes: Con la poda de pensiones otorgadas discrecionalmente y el congelamiento de los planes sociales, el trabajador ya no tiene la red (aunque fuera precaria) que lo sostenía. Al verse solo, descubre que su propia provincia no tiene nada que ofrecerle más que burocracia.
El costo de la «Casta»: Andresito, como tantos otros municipios, es el reflejo de una política que prioriza el financiamiento de la estructura partidaria y los «ñoquis» estatales por encima de la infraestructura productiva. Los altos impuestos provinciales no vuelven en caminos, ni en tecnología, ni en incentivos para que el colono pueda pagar mejor.
La falta de una política de empleo real
Lo que el intendente calla con sus chistes es que Misiones no tiene una política de generación de empleo de calidad. Se ha fomentado una economía de subsistencia dependiente del Estado que, cuando el Estado se queda sin fondos o decide «limpiar» los excesos de las pensiones dudosas, deja al trabajador en la intemperie.
La inversión privada no llega donde el impuesto es un castigo y la respuesta oficial a la crisis es el desprecio. El trabajador misionero no huye de su hogar por problemas sentimentales; huye de un sistema que lo condena a la pobreza mientras la cúpula política vive en una realidad paralela de privilegios.
El dato mata al relato: Mientras la política se ríe, Brasil absorbe la mano de obra más idónea de nuestra tierra colorada, capitalizando el esfuerzo que Misiones expulsa por falta de coraje político para reformar un modelo agotado.
Históricamente, la frontera entre Misiones y Brasil ha sido porosa, un ida y vuelta cultural constante. Sin embargo, en el último año, el flujo migratorio laboral ha dejado de ser una anécdota estacional para convertirse en un síntoma de una enfermedad estructural: el agotamiento del modelo de asistencia estatal y la asfixia al sector privado.
El fin de la «ilusión» del subsidio
Durante años, el sistema de planes sociales funcionó como un paliativo (y muchas veces como un ancla) que mantenía a gran parte de la mano de obra local en la informalidad dependiente. Pero el escenario cambió. La falta de actualización de estos beneficios frente a la inflación y la reciente limpieza de pensiones otorgadas de forma irregular —las mal llamadas «truchas»— han dejado al descubierto una realidad brutal: el Estado ya no puede sostener la ficción.
Para el changarín que antes sobrevivía con un plan y alguna «changa» mínima, la ecuación hoy no cierra. La quita de estos beneficios, lejos de ser acompañada por una transición hacia el empleo formal, ha empujado al trabajador hacia el Este.
Brasil: El imán de la inversión y el salario real
Del otro lado del río Uruguay, el panorama es distinto. Mientras que en Misiones la inversión se ve frenada por una alta presión impositiva que castiga al emprendedor, Brasil ofrece un mercado laboral más dinámico y, sobre todo, una moneda con poder de compra.
La falta de políticas de empleo reales: los esfuerzos parecen centrarse más en sostener la estructura de la «casta política» y los cargos públicos (los conocidos «ñoquis») que en generar incentivos fiscales para que las empresas privadas crezcan.
Impuestos que expulsan: El costo de producir, sumado a la logística y la burocracia, hace que el sector privado local esté en modo supervivencia, sin capacidad de ofrecer salarios que compitan con los que se pagan en los estados de Paraná o Santa Catarina.
«No es que el misionero no quiera trabajar en su tierra; es que su tierra se ha vuelto demasiado cara para producir y demasiado barata para trabajar», comenta un productor de la zona centro que ha visto mermar su cuadrilla de cosecha.
Una provincia de «pasillo»
El riesgo actual es que Misiones se convierta en una provincia de tránsito, donde la riqueza humana se exporta por necesidad. El privilegio de una clase política que vive del presupuesto público, financiado por impuestos que ahogan a la pyme y al colono, ha creado un abismo social.
Si no se implementa una reforma profunda que baje la carga tributaria y fomente la inversión real, el «sueño brasileño» seguirá siendo la única salida para el trabajador misionero que solo busca llevar el pan a su mesa sin depender de la voluntad de un puntero político.
El bolsillo manda, la dignidad ordena
El trabajador que hoy cosecha en Brasil ha hecho un descubrimiento peligroso para el status quo político: no necesita al puntero para progresar. Cuando un hombre regresa a su paraje con una faja de reales, fruto de su propio sudor y no de una planilla oficial, su relación con el poder cambia.
Ese ciudadano ya no vota por «agradecimiento» a una bolsa de comida o a un bono de emergencia; vota exigiendo condiciones que le permitan ganar en su país lo mismo que gana afuera. La cultura del trabajo es, en esencia, una cultura de libertad.
El impacto en las urnas:
Este fenómeno anticipa un escenario complejo para los oficialismos locales:
Exigencia de infraestructura, no de asistencia: El trabajador que vio cómo funciona el agro tecnificado en Brasil empieza a demandar caminos, energía trifásica y conectividad, en lugar de planes sociales.
El fin del «miedo al cambio»: El discurso de «si se corta el plan, no comés» pierde efecto frente a alguien que ya sabe que su fuerza de trabajo es valorada y bien paga en otra moneda.
Desafío para la oposición: No basta con criticar el plan; la política deberá ofrecer una macroeconomía que no expulse a sus mejores hombres. El «modelo misionerista» se enfrenta al espejo de un Brasil que, con sus defectos, ofrece previsibilidad.
La economía del «Real» en el mercado interno
A nivel económico, estamos viendo una «dolarización blue» de facto en los pueblos del interior. El dinero que entra desde Brasil no pasa por el Banco Central; va directo al corralón de materiales, a la concesionaria de motos y al almacén de barrio. Esto genera una economía paralela que el Estado no puede captar con impuestos, pero que mantiene vivos a los pueblos.
Conclusión: El éxodo hacia Brasil no es una derrota, sino un grito de rebeldía silencioso. El misionero está recuperando su identidad de trabajador esforzado, de emprendedor. El político que no entienda que el «planero» se extinguió para convertirse en un trabajador global, se encontrará con las urnas vacías de apoyo, pero llenas de una nueva exigencia: dignidad productiva.

