En los concejos deliberantes del departamento Cainguás, el ambiente es de un absoluto y apacible estado de espera estratégica. Mientras en los pasillos de la capital provincial el oficialismo misionero se entretiene jugando al pan y queso y loteando la tropa para ver quién se queda con qué pedazo de la torta, los ediles locales de Aristóbulo del Valle, Dos de Mayo y Campo Grande parecen no haberse dado por enterados… o, mejor dicho, prefieren disimular con maestría.
Ante la consulta a referentes legislativos de estos tres municipios sobre las movidas políticas en la cúpula, la respuesta unánime no fue el fervor partidario ni la definición tajante, sino una batería de gambetas verbales, tibieza meditada y la clásica especulación que tan bien conocen los caudillos de pueblo. Y es comprensible: ninguna banca en el interior se consigue por pasearse por la Costanera posadeña ni por aplaudir en primera fila las fotos del funcionario de turno.
La lógica es simple y casi filosófica: una cosa es la gestualidad de los intendentes para la foto oficial y otra muy distinta es escupir para arriba apresurando lealtades hacia un nuevo «conductor», impulsado únicamente por la corajeada de un grupo de entusiastas. En las bancas locales prima el pragmatismo. Nadie va a mover un dedo ni a jugársela en concreto por una u otra facción hasta que sus propios referentes y drivers locales les den la señal clara de que la jugada está bien cocinada.
Al final del día, los concejales de Cainguás tienen bien en claro dos verdades universales de la política misionera:
Una camiseta flamante del «Movimiento por lo que viene» o del «Encuentro Misionero» no trae un solo voto de regalo desde la colonia.
Y la otra, el territorio no se regala ante el primer grito de ¡aura!.
Por ahora, en los concejos deliberantes del departamento se impone la máxima de la prudencia: mirar de reojo, sonreír para la foto si no queda otra, y seguir contando porotos en el patio propio hasta que aclare… y lo bien que hacen.