✍️De Puño y Letra – Escribe CT. La dinámica política en la Argentina parece haber quedado atrapada en un bucle eterno donde el color político de turno es lo de menos. Sin importar quién ocupe el sillón del poder, la respuesta de quienes se sientan en la vereda de enfrente suele ser idéntica: transformarse en una máquina de poner palos en la rueda. El objetivo de las fuerzas opositoras ya no parece ser el contralor institucional o el enriquecimiento del debate, sino el bloqueo sistemático para impedir que el Ejecutivo de turno logre completar su plan de gestión.
En este escenario, el debate público ha sufrido una degradación alarmante. Cuando los dirigentes se dirigen a la sociedad o se enfrentan entre sí, las propuestas alternativas brillan por su ausencia. El espacio que debiera ocupar la discusión técnica, económica o social ha sido colonizado por un desfile incesante de agravios personales y chicanas de corto plazo.
Lejos de la alta política, las disputas actuales se asemejan más al guion de una serie de suspenso o robos como La Casa de Papel. El debate legislativo y mediático se ha judicializado a tal punto que la principal herramienta política de la oposición es la denuncia penal de efecto mediático. El show de imputaciones, carpetazos y acusaciones de corrupción es diario. Aunque la transparencia y la justicia son indispensables, la instrumentalización de los tribunales como escenario de campaña permanente termina por vaciar de contenido la política real. Se busca el impacto visual, el titular escandaloso y la destrucción del adversario, postergando de manera indefinida las reformas estructurales que el país necesita de manera urgente.
Esta dinámica de confrontación ha alcanzado un nivel de toxicidad tan elevado que la obsesión por el conflicto ya no se sacia únicamente atacando al rival tradicional de la vereda de enfrente. En el escenario político actual, las fracturas más feroces y destructivas ocurren dentro de las propias coaliciones y partidos. Incapaces de ordenar sus liderazgos mediante el debate de ideas, los espacios políticos se han volcado al canibalismo interno, donde el «fuego amigo» es cotidiano. Las internas partidarias ya no discuten matices programáticos para mejorar la gestión, sino que se reducen a batallas de egos, traiciones mediáticas y disputas de caja. El resultado es una fragmentación total: partidos atomizados que gastan su energía en autodestruirse, descuidando por completo su rol de legislar o gobernar para el bien común.
Este ecosistema de confrontación eterna produce un daño colateral directo en el electorado. La competencia democrática ha dejado de ser hacia arriba; no se busca superar la propuesta del rival con una idea superadora o más eficiente. Por el contrario, es una carrera hacia el fondo.
La estrategia discursiva de las oposiciones suele apelar a dos caminos simplistas:
- El voto al «menos malo»: Convencer al ciudadano de que el rival es un peligro absoluto, obligando a los votantes a elegir por descarte o espanto, en lugar de por convicción.
- El reparto de la torta: Limitar la plataforma electoral a la promesa de repartir una porción de recursos públicos cada vez más escasos, sin explicar jamás cómo se generará esa riqueza o cómo se hará sostenible el desarrollo del país.
Frente a este espectáculo de baja calidad, cabe preguntarse por qué la sociedad civil permite semejante degradación de sus instituciones. Existe una alarmante falta de exigencia por parte de la ciudadanía hacia sus propios representantes. Como votantes, muchas veces nos limitamos a «dejarles pasar» estas conductas, cayendo en la resignación o, peor aún, en la justificación militante del «roban pero hacen» o del «ellos son peores». Al no advertirles de manera contundente a los políticos que ese show mediocre no es lo que el país necesita para salir adelante, la sociedad se convierte en un espectador pasivo de su propia decadencia.
A esta pasividad social se suma el rol de los grandes analistas políticos y gran parte del periodismo de nicho, quienes en lugar de romper el molde y elevar la vara del debate, eligen ceñirse estrictamente al guion impuesto por el poder. La agenda de los medios masivos suele limitarse a replicar los tweets del día, medir el termómetro de la última chicana o analizar quién «ganó» una pelea de bar en la televisión, en lugar de auditar los planes económicos, investigar el impacto real de las leyes o exigir propuestas concretas a los candidatos. Al transformar la política en un mero programa de entretenimiento y chimentos, los formadores de opinión terminan legitimando y perpetuando la mediocridad del sistema.
Cuando la premisa fundamental de una oposición es que al gobierno le vaya mal para poder sucederlo, el que pierde es el ciudadano. La política argentina necesita recuperar la capacidad de construir consensos mínimos sobre políticas de Estado. Mientras la oposición del momento —sea cual sea su ideología— siga priorizando el sabotaje y el espectáculo judicial por encima de la formulación de programas alternativos viables, la oferta electoral seguirá siendo un reflejo de la mediocridad actual: un debate sin altura, sin futuro y sin soluciones reales para los problemas de fondo.