Mientras en las cercanías del Congreso el aire se espesa con el humo de las cubiertas quemadas y el estruendo de los proyectiles, una revolución silenciosa ocurre en locales con Wi-Fi y en los escritorios remotos de todo el país. Los políticos y sindicalistas discuten a gritos sobre «conquistas sociales» de mediados del siglo XX, pero afuera, la Generación Z y la incipiente Generación Alpha ya han abandonado el edificio. Literalmente.
Para el trabajador promedio menor de 25 años, los conceptos de antigüedad, jubilación y aguinaldo suenan a piezas de museo. No es que no los valoren, es que han dejado de creer en ellos como garantías de bienestar. En un mundo donde la inflación es la norma y la inteligencia artificial redefinen las tareas cada seis meses, la «estabilidad laboral» se percibe más como una jaula que como un refugio.
Adiós al «empleo de por vida». Los jóvenes hoy ven el trabajo como un intercambio de habilidades por experiencias. Si el proyecto no ofrece aprendizaje o propósito, el 33% de ellos planea cambiar de rumbo en menos de un año.
La muerte del “horario laboral”. La flexibilidad ya no es un beneficio negociable; es una condición básica. Seis de cada diez jóvenes rechazan puestos que exigen presencialidad obligatoria.
El Congreso pelea por un pasado que ya no existe, y la desconexión es total. En los debates parlamentarios, se defienden estructuras rígidas de indemnizaciones y convenios colectivos que asumen una relación de dependencia lineal. Sin embargo, los datos de 2026 muestran una realidad distinta:
*Economía Gig: Millones se vuelcan al trabajo independiente y plataformas digitales, priorizando la autonomía sobre la obra social sindical.
*Salario Emocional: El bienestar mental y el tiempo libre han desplazado al ascenso jerárquico. El 70% de los jóvenes prefiere un trabajo «cómodo» y equilibrado antes que una posición de alta responsabilidad con mejor sueldo.
«Mis viejos pensaban en la casa y la jubilación. Yo pienso en si la empresa donde trabajo tiene un impacto real en el mundo y si puedo trabajar desde cualquier lugar», comenta un programador freelance mientras los manifestantes afuera exigen sostener las leyes de 1974.
Lo que los políticos llaman «defender derechos laborales», muchos nuevos trabajadores lo perciben como barreras de entrada. El costo de la formalidad tradicional es tan alto que empuja a los jóvenes a la informalidad por elección (el «negro» digital) para obtener ingresos inmediatos que les permita sobrevivir al presente, postergando un futuro previsional que ven inexistente.
Diálogo de sordos
Mientras los sindicatos lanzan piedras para defender un modelo de producción industrial que agoniza, la fuerza laboral del futuro está ocupada aprendiendo a programar, gestionando comunidades o diseñando soluciones globales desde su computadora. La verdadera tragedia no es la violencia en las calles, sino la obsolescencia del discurso político, que sigue intentando regular un mundo que ya no existe para una generación que ya no escucha.
